Sinopsis de la película de Dani Alves, coleccionista de títulos

Antes de cada partido Dani Alves sigue la misma rutina. Se para frente al espejo por cinco minutos y bloquea todo. Después, una película comienza en su mente: la de su vida.

En la primera escena tiene 10 años. Está durmiendo en una cama de concreto en la pequeña casa de su familia en Juaziero, Brasil. El colchón es tan grueso como un dedo pequeño. La casa huele a humedad, y está oscuro afuera. Son las cinco de la mañana, y el sol todavía no sale, pero tiene que ayudar a su padre en la granja familiar, antes de ir a la escuela.

Cuando sale junto a uno de sus hermanos al campo, Domingos, su padre ya está trabajando. Tiene un pesado tanque en su espalda y está rociando las frutas y plantas con químicos para matar las bacterias.

Quizás eran muy jóvenes para lidiar con toxinas, pero le ayudaban como fuera. Esa era su manera de sobrevivir. Por horas, competía con su hermano para ver quién era el mejor trabajador. El que don Domingos decidía que era el que más había trabajado, tenía derecho a usar la única bicicleta que había en casa.

El que no ganaba la bici tenía que caminar 20 kilómetros desde la granja hasta la escuela. El camino de regreso era lo peor, porque los partidos de fútbol en el vecindario empezarían sin el que no llegara. Así que cuando Dani no tenía derecho a la bicicleta, corría los 20 kilómetros para entrar al terreno de juego. Se mataba trabajando para tener beneficios.

Cuando se iba a estudiar veía a su padre con ese gran tanque en su espalda. Él tardaba todo el día en el campo y después, en la noche, iba a un pequeño bar que atendía para hacer dinero extra. Era un jugadorazo cuando chico, pero nunca tuvo el dinero para ir a una gran ciudad para que los reclutadores de los equipos pudieran verlo. Él quería asegurarse de que sus hijos tuvieran esa oportunidad, por eso trabajaba, aunque eso lo matara.

En la siguiente escena está viendo en un televisor a blanco y negro un partido de fútbol junto a su padre y su hermano. Se visualiza jugando allí y hace el compromiso consigo mismo de hacer todo lo posible por llegar a ser futbolista como sus grandes ídolos.

Ahora tiene 13 años, está en una escuela de fútbol lejos de su familia. Hay 100 jugadores metidos en un cuarto pequeño. Es como una prisión. El día antes de irse de su granja, su padre fue a la ciudad y le compró un nuevo uniforme, pues sólo tenía una muda para empezar.

Después del primer día de entrenamiento dejó su nuevo uniforme en el casillero. La mañana siguiente, no estaba. Alguien lo había tomado. Ahí fue cuando se dio cuenta de que no estaba más en su granja. “Este es el mundo real, y la razón por la que llaman mundo real es porque la mierda es real ahí”, recuerda Dani.

Regresó a su cuarto, estaba hambriento. Entrenaba todo el día, y no había suficiente comida en el campamento. Realmente extrañaba a su familia, además no era el mejor jugador. Entre 100 había 50 por delante de él. Pero justo en ese momento hizo una promesa: “No voy a volver a la granja hasta que haga que mi papá esté orgulloso de mí. Quizá no sea el futbolista más hábil, pero voy a ser el número 1 o 2 en fuerza de voluntad. Voy a ser un guerrero”.

Efectivamente no regresó, porque fue a jugar a Salvador Bahía. Comenzó su carrera y con ella los títulos que hicieron enorgullecer a su padre. A sus 35 años y tras 17 de carrera, Dani Alves conquistó un título con el Bahía, cinco con el Sevilla, 23 con el Barcelona, dos con la Juventus, cuatro con el PSG y tres con la selección brasileña.

La película no ha terminado. La escena final ideal sería con el título Mundial de la selección brasileña y él con la copa sobre su cabeza, sin embargo, por una lesión en la rodilla podría no estar en la máxima cita orbital en Rusia 2018. Claro que él prometió ser un guerrero y en estos días dará todo para recuperarse lo más pronto posible.

Fuente: El Espectador

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